Donde antes caía la lluvia sobre los pupitres, hoy se reconstruye la esperanza

Por: Panal Medios

Red de Medios Alternativos y Comunitarios

En las montañas de Apía, el sonido de la lluvia ya no obliga a suspender las clases. Durante años,

en el Centro Educativo Jordania, los estudiantes aprendieron entre techos húmedos, filtraciones

constantes y aulas que se inundaban cada invierno. Cuando el aguacero arreció, el agua

atravesaba las cubiertas y terminaba filtrándose entre los pupitres mientras docentes y niños

improvisaban cómo continuar la jornada escolar.

Las paredes recién intervenidas, los techos restaurados y las nuevas adecuaciones transformaron

la escuela rural en un espacio más digno para decenas de niños campesinos que recorren largos

caminos para estudiar. Lo que para algunos puede parecer únicamente una obra de

infraestructura, para muchas comunidades rurales significa la recuperación de la confianza en la

educación pública y en la presencia del Estado en territorios históricamente olvidados.

Como la escuela de Apía, cientos de sedes educativas en zonas rurales del país están siendo

intervenidas por el Ministerio de Educación Nacional, con asistencia técnica de Findeter, a través

de un programa que avanza en 632 proyectos de infraestructura educativa en 115 municipios de

25 departamentos de Colombia.

La inversión supera los 394.000 millones de pesos y tiene un dato que revela el verdadero alcance

territorial de la estrategia: el 99 % de los proyectos se ejecuta en zonas rurales.

En veredas apartadas, resguardos indígenas y comunidades afrodescendientes donde

históricamente la educación ha convivido con el abandono estatal, las obras buscan cerrar brechas

acumuladas durante décadas. Hasta febrero de 2026, 345 proyectos ya habían sido entregados,

equivalentes al 55 % del total; otros 157 permanecen en ejecución y 109 están próximos a iniciar.

Las intervenciones han permitido adecuar o construir 2.097 espacios educativos, entre aulas

nuevas, áreas administrativas, cocinas, comedores y baterías sanitarias. Más de 64.400

estudiantes ya se benefician directamente de las sedes entregadas.

En Pueblo Rico, dentro de la Institución Educativa Indígena Técnica Agropecuaria Dachi Dada Kera,

sede Sikuedo, la comunidad Emberá recuerda cómo el comedor escolar funcionaba en condiciones

precarias. Cada temporada de lluvias convertía el espacio en una zona inundada y riesgosa para los

estudiantes.

“Antes teníamos un comedor en muy malas condiciones que incluso corría el riesgo de cerrarse

por no cumplir con los requisitos. Cuando llovía se inundaba y el espacio era muy pequeño para

los estudiantes. Hoy contamos con instalaciones adecuadas que permiten brindar mejores

condiciones para la alimentación y la educación de nuestros niños”, relata Ángela María Maya

Maya, rectora de la institución.

En distintos territorios, las obras han llegado también a comunidades indígenas Awá, Emberá y

Wayuu, así como a regiones golpeadas por el conflicto armado y por emergencias climáticas. En el

Catatumbo, donde la violencia y la ausencia institucional han marcado la vida cotidiana durante

décadas, varias sedes educativas comenzaron a ser recuperadas como parte de esta intervención

nacional.

Lo mismo ocurre en zonas rurales de Cauca y en territorios afectados por las emergencias

invernales en La Guajira, donde muchas escuelas funcionaban entre deterioro estructural y

limitaciones básicas para garantizar condiciones adecuadas de aprendizaje.

“Nuestro compromiso como banca de desarrollo es contribuir al bienestar de las comunidades,

cerrar brechas en las regiones y generar más oportunidades a través de educación digna y de

calidad”, afirmó Carlos Saad Llinás, presidente de Findeter.

Pero en las zonas rurales, la transformación educativa no se mide únicamente en concreto o

metros cuadrados construidos. Para muchas familias campesinas, indígenas y afrodescendientes,

una escuela digna representa también la posibilidad de permanencia en el territorio, la reducción

de desigualdades y la construcción de futuros distintos para las nuevas generaciones.

En numerosos municipios apartados, la escuela continúa siendo el principal espacio de encuentro

comunitario, refugio cultural y centro de organización social. Por eso, cuando se mejora una sede

educativa, no solo se reconstruyen aulas: también se fortalece el tejido social de comunidades

enteras.

Al final de la jornada, mientras los estudiantes abandonan las nuevas instalaciones en medio del

barro de los caminos rurales, queda la sensación de que estas obras representan algo más

profundo que infraestructura pública. Allí donde antes las goteras caían sobre los cuadernos y los

comedores amenazaban ruina, hoy comienzan lentamente a levantarse espacios para aprender

con dignidad.

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